Historia del parque El Valle y Carrascoy
Crónica de una transformación verde
Para cualquier murciano que hoy levante la vista hacia la sierra que abraza la ciudad, resulta difícil imaginar un horizonte que no esté dominado por el verde intenso de los pinos. Sin embargo, la historia del Parque Regional de El Valle y Carrascoy es un relato de persistencia humana y resiliencia natural que comenzó de una forma radicalmente distinta. A principios del siglo XX, lo que hoy conocemos como un pulmón verde era, en realidad, un paisaje desnudo. Las fotografías tomadas entre los años 1909 y 1911 nos devuelven una imagen casi lunar del monte, donde la ausencia de árboles revelaba la crudeza de la roca y los efectos de una erosión milenaria. Aquel escenario árido no era producto del azar, sino de siglos de presión humana sobre el territorio, un desafío que marcaría el inicio de un ambicioso camino legal y ecológico para salvar la sierra.
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Vista de parcelas de olivos y arboleda con Baños de Verdolay al fondo, al pie de la sierra de El Valle y Carrascoy, en la zona que actualmente ocupa la pedanía de La Alberca.
De la aridez de principios de siglo a la consolidación como el principal refugio natural
El reconocimiento del valor de este entorno no se hizo esperar en las altas esferas administrativas del país, lo que demuestra que Murcia fue pionera en la sensibilidad ambiental mucho antes de que el concepto de ecología fuera cotidiano. El primer gran hito ocurrió en el año 1917, cuando El Valle fue incluido oficialmente en el Catálogo Nacional de Parques Naturales.
Este paso fue fundamental, pues otorgaba una identidad propia a un terreno que hasta entonces solo se veía como un recurso productivo. La protección legal se estrechó apenas catorce años después, en un momento de gran efervescencia política en España. El 7 de abril de 1931, a través de una Real Orden, el paraje fue declarado Sitio Natural de Interés Nacional, una distinción que buscaba blindar su belleza ante el crecimiento urbano y la explotación descontrolada.
El cambio visual
Sin embargo, el verdadero cambio visual, ese que daría lugar al paisaje que amamos hoy, no llegaría hasta la década de los años cincuenta. Fue durante este periodo cuando se inició un plan de repoblación forestal masivo que transformó las laderas desnudas en el bosque mediterráneo que conocemos. Aquellos esfuerzos de ingeniería forestal no solo buscaban embellecer la zona, sino frenar la desertificación y crear un ecosistema capaz de albergar la biodiversidad que hoy estudiamos en nuestras escuelas. Caminar hoy bajo la sombra de esos pinos es hacerlo bajo un legado plantado a mano hace más de setenta años.
La naturaleza no entiende de fronteras
A medida que la democracia se asentaba y la conciencia sobre el medio ambiente crecía, la legislación española y regional tuvo que adaptarse para ofrecer una protección más robusta. El 7 de septiembre de 1979, El Valle dio un salto cualitativo al ser declarado Espacio Natural Protegido. No obstante, el mapa de la conservación en Murcia todavía estaba fragmentado. Mientras El Valle ganaba relevancia, al suroeste se gestaba otra figura de protección para las Sierras de Carrascoy y El Puerto, constituida formalmente en 1985. Esta división administrativa era necesaria, pero la naturaleza no entiende de fronteras burocráticas, y el ecosistema reclamaba una gestión unificada que comprendiera todo el macizo montañoso que vigila la Región.
La unión de ambos espacios
La culminación de este largo proceso histórico y administrativo llegó en el año 1992, un año clave para la ordenación del territorio murciano. Mediante la Ley 4/1992 de Ordenación y Protección del Territorio de la Región de Murcia, se decidió fusionar ambos espacios. Fue en este momento cuando el parque de El Valle se unió definitivamente con las Sierras de Carrascoy y El Puerto, dando origen al actual Parque Regional de El Valle y Carrascoy. Esta gran reserva natural, que hoy es el orgullo de los habitantes de Santo Ángel y de toda la Región, representa el triunfo de una visión a largo plazo: la idea de que un monte pelado y olvidado puede, con cuidado y protección legal, convertirse en el corazón vivo de una comunidad.
Desconocemos al autor del reportaje fotografico de 1937. La fotografía fueron obetenido del Archivo General de la Región deMurcia. Fotos recientes, cortesía de Fotomatiz










