Los cuarenta años del bar El Jardín

Jul 8, 2026 | Entrevistas, Noticias

Anyi y José en el Bar El Jardin en Santo Ángel

Los cuarenta años del bar El Jardín

El pasado 28 de marzo, el mítico bar El Jardín celebró sus 40 añazos con una fiesta por todo lo alto en la plaza del charco. A continuación, os dejamos con una charla a corazón abierto con José y Anyi, los gerentes del bar más conocido de Santo Ángel.

Cuarenta años de trajín, café y calidad en Santo Ángel

Mantener un negocio de hostelería al pie del cañón durante cuarenta años es una verdadera hazaña, de esas que merecen un monumento en mitad de la plaza. Y más todavía en una pedanía como Santo Ángel, un rincón con tanta solera y una identidad tan fuerte que no se la salta un galgo.

Que se dice pronto, pero llegar a este año 2026 celebrando cuatro décadas detrás del mostrador del Bar El Jardín es para quitarse el sombrero, soltar un «¡acho, pijo!» de admiración y aplaudir hasta que duelan las manos. Esta no es solo la historia de un local donde se sirven cafés y cañas, sino la crónica viva de un pueblo, de sus gentes, de sus cambios y del amor de una pareja, José y Anyi, que se han dejado la piel en cada servicio para que todo el mundo se sienta como en su propia casa.

El café-bar El Jardín, hacia el año 2000

El café-bar El Jardín, hacia el año 2000 | Fotografía Ángeles María Pérez Barceló

Cuando José era un zagal y los taburetes venían de la discoteca

Si cerramos los ojos y hacemos un viaje en el tiempo hasta aquel lejano año de 1986, lo primero que nos viene a la memoria es a un José que era un auténtico zagal. Con apenas dieciséis añitos, un crío que todavía estaba lidiando con los estudios, se encontró de golpe y porrazo gestionando un bar. Su padre había comprado un local, un bajo en basto que le adquirió a la viuda de Vera Messeguer. Para un muchacho que venía de una familia humilde y trabajadora, aquello fue algo de categoría, una mezcla de responsabilidad tremenda y una ilusión que le abría un mundo nuevo lleno de posibilidades. Era como si le hubieran regalado el juguete más grande del mundo, aunque al principio no tuviera ni la más remota idea de cómo se manejaba aquello.

Porque la verdad sea dicha, y aquí no nos vamos a tirar faroles, José no tenía experiencia ninguna en llevar un negocio de hostelería ni había servido una caña en su vida. Pero el ingenio murciano vuela alto cuando hace falta. Resulta que un tío suyo había montado la famosísima discoteca Montecarlo en Llano de Brujas. El padre de José, que era albañil de profesión, pero un hacha para las cuentas, trabajaba en la caja de la discoteca y ejercía de gestor llevando los pagos a los proveedores.

Así que, ni cortos ni perezosos, aprovecharon la coyuntura para amueblar el Bar El Jardín con las cosas que la discoteca iba renovando cada dos por tres. Los primeros taburetes donde se sentaban los vecinos, las lámparas que iluminaban las charlas, las sillas y las mesas habían visto mucha fiesta nocturna antes de terminar dando servicio en los desayunos de Santo Ángel. Todo se reciclaba con salero y muchas ganas de salir adelante.

Preparativos para la celebración del 40.º aniversario

Preparativos para la celebración del 40.º aniversario

Aquella plaza del charco que era un jardín de verdad

Muchos de los que pasan ahora por la zona se preguntarán de dónde demonios viene el nombre del bar. Pues tiene toda la explicación del mundo y una pizca de nostalgia de la buena. En aquellos años ochenta, lo que hoy todo el pueblo conoce como la Plaza del Charco era un jardín de los de verdad, un espacio verde con su césped bien cuidado y su caminico de piedra para pasear por las tardes. Además, para rematar, el propio edificio donde se ubicaba el local se llamaba El Jardín. La carretera ni siquiera se veía desde la fachada porque unos cipreses bien hermosos la tapaban por completo. En el centro del entorno destacaba un pino majestuoso y al fondo se abría un parque infantil con su tobogán, sus columpios y un arco que hacía las delicias de los más pequeños.

Por no existir, no existía todavía ni el edificio del Willow, que por entonces era un solar abandonado, y la calle Salzillo ni se había dibujado en los mapas del ayuntamiento. En ese ambiente tan campechano, José ponía cuatro o cinco mesas en fila sobre la acera. La oferta de la casa era sencilla pero efectiva para quitar la calorina del verano: un buen granizado, copas para la noche, café del bueno para empezar el día y los míticos helados de la marca Miko, aquella firma francesa fundada por inmigrantes españoles que se convirtió en el vicio de los zagales del barrio.

En aquellos primeros tiempos no busques tú una tapa de tortilla de patatas, ni una de magra con tomate, ni unas patatas fritas hechas en casa. El bar funcionaba como una heladería y cafetería de toda la vida, un sitio de encuentro donde, además, justo al lado, Anyi recuerda perfectamente que estaba el quiosco del Perico, regentado por Pedro Velasco, otro clásico del paisaje urbano del pueblo.

Y entonces apareció Anyi con la Fanta gratis

La historia de amor entre Anyi y José también se fraguó entre las paredes del bar, aunque el primer encuentro tuvo su gracia. Un día, volviendo Anyi a Santo Ángel de Murcia, de ayudar a un primo suyo que estudiaba en la Politécnica, una de sus hermanas la asaltó entusiasmada diciéndole que se fuera con ella corriendo, que habían inaugurado un bar nuevo y estaban regalando Coca-Cola y Fanta para celebrarlo. En ese momento, Anyi todavía no tenía el gusto de conocer a José, pero la voz ya se había corrido por todas las esquinas.

Poco después, la rutina de los fines de semana la llevó a frecuentar el local porque iba a ayudar. Además, el destino es muy caprichoso y su abuelo, que era un hombre muy conocido y respetado en Santo Ángel (el Viruta), hizo una amistad tremenda con el padre de José. El hombre se pasaba buenos raticos en el bar tomándose su café y, de hecho, las malas lenguas y las buenas conversaciones dicen que dejó de fumar gracias al padre de José, que lo puso a base de palos de regaliz para calmar el ansia del tabaco.

Entre visita y visita del abuelo y tardes de jaleo en la barra, empezó el arrimón. A Anyi le hacía tilín «el del bar» porque era un muchacho muy apañado y el cariño fue creciendo tanto que terminaron formando un equipo imbatible dentro y fuera del negocio.

José Pedro charlando con amigos y vecinos mientras se preparaba la fiesta

José charlando con amigos y vecinos mientras se preparaba la fiesta

De los bocadillos de la plancha a la locura de los guisos

Eso sí, hay que dejar una cosa bien clara: ese imperio de comida casera y menús del mediodía que tanta fama les ha dado no llegó hasta hace relativamente poco, impulsado por las necesidades que surgieron tras la pandemia.

Antes de la reforma que hicieron hace unos veinte años, todo lo que salía caliente era de la plancha: montaditos sabrosos y bocadillos para los trabajadores. Con la reforma empezaron a meter algunas tapas fijas de las que gustan a todo el mundo, como la clásica tortilla de patatas, pero meterse de lleno en los fogones fue una evolución natural de la vida familiar.

Resulta que José y Anyi pasaban tantas horas en el negocio que llegó un momento en que se plantearon que no podían alimentarse todos los días a base de bocadillos y cosas de la plancha. José le dijo a Anyi que lo mejor era hacer una olla de comida casera para ellos, para sus dos hijos que venían hambrientos del instituto y para los empleados que estuvieran arrimando el hombro a las cuatro de la tarde.

Un buen día, un cliente habitual olió el aroma que salía de la trastienda y le picó la curiosidad. Preguntó qué estaban comiendo con tan buena pinta y resultó que aquel día tocaba una olla de cerdo de esas que resucitan a un muerto. El hombre la probó y sentenció que, si Anyi le preparaba comida todos los días, él se convertía en cliente fijo. Dicho y hecho. Anyi empezó a hacer un guiso diario y el comensal no faltó ni una sola jornada. Así, poco a poco, la voz se extendió y lo que empezó como la comida familiar se convirtió en el motor del mediodía, obligándolos a partir de 2021 a meterse de cabeza en la cocina para ampliar la oferta con cuatro o cinco platos diarios, logrando servir una especie de medio menú que se vende como churros sin necesidad de convertirse en un restaurante de etiqueta.

Pero el auténtico secreto del éxito está en un relevo de Oro. Anyi ha heredado las recetas originales de su suegra Conchi (la madre de José), que trabajó muy duro junto a su marido para levantar el negocio y de su abuela materna Ascensión, de la que aprendió muchas recetas tradicionales murcianas. Así pues, Anyi se ha convertido en la guardiana de los sabores de la casa y mantiene vivo el toque de toda la vida con una categoría impecable.

Arroz para todos los que han venido a celebrar el 40.º aniversario

Arroz para todos los que vinieron a celebrar el 40.º aniversario

Escucha al cliente, pijo, que el gazpacho se hace con pollo

La clave para aguantar cuarenta años sin que se te esfarate el negocio es tener una capacidad de adaptación más grande que la catedral de Murcia. José siempre dice que no te puedes cegar en tus propias ideas. Hay que escuchar al cliente y moverte hacia donde sople el viento de la demanda. Un ejemplo clarísimo es el del gazpacho manchego. Al principio lo preparaban de la manera tradicional, con su conejo bien sabroso, pero se dieron cuenta de que al público de la zona no le hacía mucha gracia. Decidieron cambiar el conejo por pechuga de pollo y el éxito fue inmediato. ¿Que no es la receta auténtica de la Mancha? Pues no, pijo, pero a la gente le encanta y los platos se quedan limpios.

Con el pescado les pasó todo lo contrario. Anyi lo intentó varias veces preparando unos asados de pescado que estaban de muerte, pero la realidad de la zona es la que es. En esta región se consume muy poca cantidad de pescado cuando se sale de tapas a un bar de pedanía. Lo único que consiguen colocar son la aletría con bacalao o las albóndigas de bacalao, que vuelan de las fuentes, pero lo que es un asado de pescado no se vende ni a tiros.

Por eso en El Jardín no verás un menú cerrado de esos aburridos que dicen que los lunes toca lentejas y los martes otra cosa. Allí se cocina según el cuerpo de la clientela y el tiempo que haga en la calle. Si cae una calorina de espanto, Anyi no te va a meter un cocido madrileño, prefiere tirar por un arrocico con magra bien tierno que entra solo. Que se levanta un día de frío de esos que te hielan las pestañas, pues se llama al proveedor de confianza que trae una carne buenísima, se le piden unos buenos huesos y se monta una olla de cerdo que quita todos los males.

Incluso se atreven con el cazón adobado, un guiño al pescadito frito andaluz que preparan rebozado y que tiene un enganche tremendo entre la clientela. Y todo esto se promociona con salero a través de las redes sociales, subiendo las fotos de los platos al estado de WhatsApp, a Facebook y a Instagram, que es una herramienta moderna que les trae un montón de gente nueva dispuesta a chuparse los dedos.

Lina (madre de Anyi) y su amiga no pierden de vista las salchichas

Lines (madre de Anyi) y su amiga Mari Carmen no pierden de vista las salchichas

Los dueños de las sillas y las mentiras piadosas del fútbol

En cuarenta años de historia, el Bar El Jardín ha visto pasar por sus mesas a generaciones enteras de vecinos de Santo Ángel. Críos que venían correteando de la mano de sus padres a por un helado Miko ahora entran por la puerta hechos unos hombres, con barba y acompañados por sus propios hijos para enseñarles el sitio donde ellos se criaron. Gente de toda la vida del pueblo como la Rosi, la descendencia de Belando o las hijas del Pencho forman parte del paisaje sentimental de la barra. Es un ecosistema propio donde nunca faltan el Toni y el Pencho, enganchados en su eterna discusión futbolística de siempre para ver quién es mejor, si el Barça o el Madrid, dándole ambiente y sal al local.

Como buen bar de categoría que se precie, en El Jardín existen las leyes no escritas de las sillas reservadas de palabra. Hay vecinos que tienen su sitio fijo para el café de la mañana y otros que no se sientan en otro lado que no sea su rincón de la barra para la cerveza del mediodía. José y Anyi recuerdan con especial cariño la época en la que ponían los partidos de fútbol por las tardes, antes de que Movistar Plus subiera las tarifas a precios astronómicos de hasta trescientos euros al mes, algo inviable para un negocio pequeño.

En aquellos años, el Nicolás, el Pulío y Andrés Medina tenían sus asientos adjudicados por derecho divino. Si por casualidad entraba un cliente despistado y se sentaba en una de esas sillas, los tres fijos se quedaban en la puerta mirando con cara de pocos amigos y diciendo aquello de «¿Este qué? ¿Este qué quiere?». Para evitar trifulcas y mantener la paz vecinal, los dueños tenían el truco de poner una botella de vino y un par de copas en la mesa antes de que llegaran, simulando que el sitio ya estaba ocupado. Una genialidad que demuestra la complicidad tan bonica que se genera entre los hosteleros y sus clientes más fieles.

La plaza del Charco, llena de amigos, familiares y vecinos para celebrar el 40.º aniversario

La plaza del Charco, llena de amigos, familiares y vecinos para celebrar el 40.º aniversario

¡Que te estoy viendo desde el autobús!

Las anécdotas divertidas se cuentan por miles y dan para escribir un libro de los gordos. Una de las más graciosas que recuerda José sucedió cuando sonó un teléfono y contestó uno de los hombres que estaba allí dándole al trago. Al otro lado de la línea estaba su esposa preguntándole con tono de sospecha dónde se había metido. El hombre, muy digno y sin parpadear, le soltó que estaba en el supermercado haciendo la compra de la semana. La mujer, que se las sabía todas, le respondió sobre la marcha: “¿Qué vas a estar comprando, pedazo de sinvergüenza, si te estoy viendo perfectamente a través del cristal desde la parada del autobús, que está en la puerta del bar?”. Al buen hombre se le cortó el digestivo en un segundo y las risas de los que estaban en la barra se oyeron hasta en el Verdolay.

Pero no todo han sido risas. La barra también entiende de sustos y momentos de tensión. En una ocasión, un cliente que se estaba tomando un quinto de cerveza se puso verde de golpe debido a una trombosis sobrevenida, y otra vez un pobre hombre sufrió un ataque epiléptico cayéndose al suelo con tan mala fortuna que empezó a sangrar en abundancia, obligando a José y a Anyi a llamar a la ambulancia a toda prisa con el agobio de que ni siquiera sabían de dónde era el hombre ni a quién avisar.

Aunque el suceso más espectacular y que pareció sacado de una película de comedia fue el día en que un coche se llevó por delante todas las mesas y las sillas de la terraza de la plaza. Al parecer, el conductor del vehículo no había dejado puesto el freno de mano y, tras recibir el toque de otro coche que maniobraba, el automóvil entró en la plaza muy despacio, como a cámara lenta. Los clientes se iban levantando de las sillas con el café en la mano en plan Matrix mientras veían cómo el coche iba arrastrando el mobiliario mesa por mesa sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo. Afortunadamente todo quedó en un susto material que hoy recuerdan entre carcajadas.

De postre, por supuesto, había helado y paparajotes.

De postre, por supuesto, había helado y paparajotes

Capeando el temporal con prudencia y sin aires de grandeza

La hostelería es un oficio muy duro que sabe de vacas gordas y de vacas flacas. Cuando el bar abrió sus puertas en los ochenta, se vivía una época de mucha alegría en la calle. La gente tenía los bolsillos llenos de dinero y no le dolía gastárselo en alternar. Los primeros años fueron una balsa de aceite, pero todo se frenó en seco con la llegada de la crisis de 2008, cuando el dinero empezó a escasear y las terrazas se resintieron.

Si El Jardín logró sobrevivir a ese bache y a los que vinieron después fue gracias a la filosofía de vida de Anyi y José. Como bien dice ella: “nunca hemos tenido aires de grandeza ni nos hemos metido jamás en proyectos o gastos que no pudiéramos asumir”. Siempre han sido personas muy prudentes y ahorradoras, conscientes de que se casaron con una mano delante y otra detrás y que todo lo que tienen se lo han ganado a base de doblar el lomo.

Sin embargo, el verdadero sofocón llegó con la maldita pandemia. El confinamiento y las restricciones posteriores los llenaron de agobio y de incertidumbre. Cuando por fin les permitieron abrir, la gente del pueblo respondió de una manera maravillosa, saliendo a la calle con unas ganas de consumir que parecían toros bravos en mitad de una plaza.

Aun así, las cuentas estaban en números rojos y el déficit apretaba el cuello. Menos mal que contaron con la ayuda de los ERTE para el personal y, sobre todo, con la enorme solidaridad de los proveedores. Las grandes empresas distribuidoras de bebidas se portaron de categoría y les dijeron que se tranquilizaran, que no les iban a pasar los recibos de ese mes hasta que levantaran la cabeza. De esa forma, José y Anyi pudieron utilizar los pocos ingresos de las primeras semanas para liquidar las deudas con los pequeños autónomos de la zona, que dependían de ese dinero para comer.

De las ayudas a fondo perdido que prometió la comunidad autónoma no vieron ni un solo céntimo porque decidieron no pedir nada para evitar líos, visto que luego a muchos compañeros se las hicieron devolver. La remontada fue una paliza de campeonato. Durante los primeros veinte días trabajaron los dos solos, de siete de la mañana a cuatro de la tarde y luego abriendo otra vez de seis a ocho de la noche. Un ritmo horroroso que les sirvió para crear un pequeño colchón económico, saldar las cuentas semana a semana y salvar todo el material que se había quedado encerrado en las cámaras cuando empezó el lío.

Familia y amigos al final de un largo día de fiesta

Familia y amigos al final de un largo día de fiesta

De los tres carajillos al imperio de las tostadas integrales

En estos cuarenta años, Santo Ángel ha cambiado tanto que parece otro lugar. José recuerda que antes esto era un pueblo-pueblo de los de toda la vida, donde se conocía todo el mundo por el nombre y Murcia parecía que estaba en la otra punta del mapa. Con el tiempo se ha ido transformando en lo que llaman un pueblo dormitorio, perdiendo parte de aquella tranquilidad, pero ganando en calidad de vida. El bar también ha vivido su propia metamorfosis; ha pasado de ser el típico establecimiento de hombres de la época a convertirse en el punto donde las madres se toman un respiro tras dejar a los zagales en el cole.

Hace cuatro décadas, la presencia de mujeres dentro de los bares era algo prácticamente inexistente. En verano se sentaban en la terraza de la plaza para tomarse un helado o un refresco con los críos, pero el interior de la taberna era territorio exclusivo de los hombres. El menú del desayuno de los ochenta consistía en un café bien cargado acompañado de tres copas de Ponche o de Coñac mientras se les echaban monedas a las máquinas recreativas. Hoy en día, las cosas han evolucionado para bien y la estampa de las mañanas es totalmente diferente: en la terraza te encuentras con tres hombres y cuarenta mujeres conversando tranquilamente. El Ponche y el Coñac han pasado a la historia de las lejas del almacén, sustituidos por las tostadas integrales con o sin tomate, el café con leche y los zumos naturales.

La sociedad ahora sale mucho más a cenar y a disfrutar del ocio que antes, cuando los fines de semana se limitaban a ir a comer a la casa de los abuelos o de los tíos. Los bares se han consolidado como el eje sobre el que gira la vida social en España, un punto de reunión donde se arregla el mundo, se hacen los mejores negocios y se comparte la existencia, hasta el punto de que muchos jubilados le dicen a José que, si les quitan ese ratico de ir al bar de diario, les destrozan la vida por completo.

Foto del bar el Jardín en la Plaza del Charco en 2016

El bar el Jardin en la Plaza del Charco en 2016

El tren pasa una sola vez en la vida

Mirando hacia el futuro con la tranquilidad de la experiencia, a José y a Anyi les quedan todavía unos diez años de trabajo por delante para alcanzar la edad de la jubilación bien merecida. Anyi lo tiene más claro que el agua. El día que se jubile su marido, ella colgará el delantal en el mismo momento. Para ambos, el bar es su vida y lo que de verdad los llena de orgullo es el contacto diario con las personas. Anyi reconoce que se lo ha pasado en grande durante estas cuatro décadas, divirtiéndose y conociendo a una cantidad ingente de gente maravillosa que jamás habría cruzado en su camino si se hubiera quedado encerrada trabajando en su casa o en una oficina de cara a la pared.

Pero las cosas claras. El oficio es muy esclavo y pasar de ocho a nueve horas diarias de pie sin tener un momento para sentarse te deja el cuerpo baldao. Hubo una época en la que el negocio se convirtió en una esclavitud pura y dura que se llevó por el camino la vida social de la pareja y la amistad de muchos conocidos que se cansaron de esperar a que tuvieran un día libre. Vivían en una rutina asesina que iba del bar a la casa para caer redondos en la cama y de la casa al bar al día siguiente, sin conocer ni la mitad de las cafeterías o restaurantes de Murcia. Por eso, ahora las normas han cambiado y las riendas del reloj las llevan ellos.

A las cinco de la tarde se empieza a recoger el local y se cierra la persiana, sin importar si el cliente quiere alargar la tarde. Si hay un evento importante, una comida de amigos un sábado o un viaje que les apetezca de verdad, el bar se cierra y punto en boca, porque como bien dice Anyi: “el tren de la vida pasa una sola vez y no va a dar la vuelta para recogerte”. El dinero es necesario para pagar las facturas, pero vivir y disfrutar de los tuyos no tiene precio.

El grupo de amigos y familiares que han colaborado para hacer posible la celebración del 40.º aniversario

El grupo de amigos y familiares que colaboraron para hacer posible la celebración del 40.º aniversario

Una panzá de gracias a la gente más bonica del mundo

Para terminar esta andadura de cuarenta años con el corazón en la mano, tanto José como Anyi no quieren dejar pasar la oportunidad de dar una panzá de gracias a todas y cada una de las personas que han cruzado el umbral de su puerta desde aquel primer día de 1986. Anyi se emociona al comprobar el cariño tan puro y verdadero que les profesa la gente del pueblo, un afecto que se han ganado a pulso con cada sonrisa y cada plato de olla de cerdo servido con amabilidad.

José, con su habitual sencillez y esa chispa de humor que lo caracteriza, lo resume perfectamente diciendo que sus clientes son muchísimo mejores que él y que tiene la inmensa suerte de contar con la mejor clientela que un hostelero pueda soñar en este mundo. Echando cuentas, este es un trabajo sufrido y sacrificado, pero la recompensa de estar con la gente, de soltar una broma por aquí, de atender una mesa por allá, de compartir una charla seria con un vecino o una tontería con otro es lo que da sentido a las cuatro décadas del Bar El Jardín.

¡Que cumplan muchos más con esa salud y esa categoría que los distingue!

El Bar el Jardín hoy en día (2026)
El bar el Jardin en la Plaza del Charco en 2016

Más información

Facebook: Café, Heladería El Jardín
Plaza del Charco en Santo Ángel

En la fotografía de portada Ángeles María Pérez Barceló y José Pedro Gallego Gomez

Fotografías: Jerome van Passel

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