¡Hace un calorazo de mil demonios!
Santo Ángel, agosto 2026 | El Espabilao
Esto es de vergüenza ajena. Es para echarse a llorar y no parar. Anda que no quedan todavía personajes por este mundo que se toman la crisis climática a pitorreo, diciendo que es un cuento chino o soltando tan panchos que ellos «no creen» en la emergencia climática.
¡Copón! Como si la crisis del clima fuera una religión o una cofradía de Semana Santa donde uno decide si se apunta o no. Qué sinfuste todo. Ya va siendo hora de que espabilemos a esta panda de borregos que caminan con las gafas puestas, siguiendo ciegamente a políticos que solo buscan llenarse los bolsillos con una agenda oculta más clara que el agua, frenando cualquier reforma estructural y jodiendo el porvenir de nuestra tierra. ¿Y quién paga el pato de tanta desidia? El planeta, nuestra huerta y el futuro de nuestros zagales.

La ciencia no es una opinión, es el manual de la realidad.
Para entender este sinsentido hay que empezar por los cimientos: la ciencia y el desarrollo sostenible. Qué manía les ha entrado a algunos con atacar a los científicos estos últimos años. Y claro, ¿Cómo no los van a torpedear? Si es que los tíos demuestran con datos empíricos en la mano y revisiones por pares que nuestros gobernantes nos están metiendo un embuste detrás de otro. Esos políticos tienen intereses muy oscuros para no mover un dedo, deshacer los pactos verdes ya firmados o retrasar las normativas ambientales hasta que nos pille el toro.
¡Que la ciencia no es un debate de bar, pijo! Es observar la realidad al milímetro para comprobar si lo que sospechamos es verdad o una milonga. Es el manual de instrucciones de la naturaleza: no vale con creer las cosas por tu cara bonita; hay que medir, hacer experimentos, pegarse un costalazo soberbio y volver a empezar de cero hasta que los hechos sean incontestables. Eso no es que suene bien, es que es la única herramienta fiable que tiene la humanidad para no andar a ciegas.
Cualquier aparato que usas en tu día a día existe gracias la investigación científica. ¿O es que te crees que el microondas que tienes en la cocina es un fósil que se dejó un dinosaurio en una cueva cuando huía del meteorito? ¿O que el puñetero móvil que estás usando para leer este artículo ha caído del cielo por arte de magia?
¡Cállate la boca, Paco, que estoy hablando yo!

El peligro del negacionismo en redes sociales frente al conocimiento experto
Vamos a hacer una prueba bien sencilla para ver el nivel de la clientela. Si te pones malo con calentura en la cama, ¿qué haces? ¿Llamas a tu médico de cabecera o te pones a llorar en los grupos de Facebook buscando el consejo de cuatro cuñaos o de un bot de esos manipulados? Si tu respuesta es la de buscar soluciones en el muro de tus «amigos» de internet, ya estás cerrando esta página. De verdad, este texto te viene grande y no tienes capacidad para procesarlo. Quédate en tu fango digital tragando bulos y, por lo que más quieras, no vayas a votar en las próximas elecciones.
¿Lo has entendío, Paco?
Pero si eres de ese porcentaje de la población que tiene sentido común y sabe que un doctor se ha tirado más de diez años hincando los codos y metiéndose conocimientos científicos en la sesera, entonces hay esperanza. Para las cosas de vida o muerte se acude a un especialista que sabe lo que hace gracias a estudios clínicos reales.
Esto lo hacemos a diario con cualquier tontería y ni lo pensamos. Si el coche te pega un estruendo y se te rompe, lo llevas al taller mecánico; no te pones a bajarte un esquema del motor de una web rara para hacerte el listo. El pan se le compra al panadero y embutido al carnicero, que como te pongas a degollar tú solo un marrano en el patio de tu casa, aparte de ponerlo todo perdido de sangre, te vas a pillar una infección de bacterias que te va a mandar directo al camposanto. Las casas las diseña un arquitecto y el albañil levanta los pilares siguiendo el plano visado. ¿Se capta ya el concepto o hay que hacer un dibujo? Los científicos analizan el entorno y dan las claves para que los profesionales ayuden a los que no tienen ni idea de la materia.

Eso no quita que haya que ser críticos. Tener espíritu crítico es de personas sanas, pero siempre que sepas leer y escribir con fundamento, no repitiendo las tonterías que ha soltado una cuenta falsa de Twitter financiada desde el extranjero. Hasta la inteligencia artificial requiere que el que está detrás tenga dos dedos de frente. Escribir una instrucción al ordenador y creerse su respuesta a pies juntillas es de mentes muy perezosas.
¡Madre de Dios, qué cruz! ¡¡PACO!! ¡Que te he dicho que esto no es para ti! Anda y vete a ver vídeos de chuminás en tu muro y deja de dar el coñazo con tus tonterías. Tómate un quinto si quieres, a ver se te termina de secar el poco seso que te queda.
El síndrome de Diógenes de los grandes capitales y la manipulación de masas
¿Por qué persiguen tanto a la comunidad científica? Pues porque le cantan las cuarenta a los que ostentan el poder y el parné: los grandes especuladores del libre mercado. Los seres humanos, por mucho que digan algunos cuentos antiguos, estamos llenos de taras de fábrica.
El creador nos metió un defecto de diseño que es una ruina: la codicia extrema. Mientras que cualquier bicho de la huerta se conforma con tener comida, agua y aparearse de vez en cuando, la humanidad tiene una obsesión enfermiza por el acaparamiento de bienes de consumo.
El dinero sirve para lo que sirve. No da la felicidad, por mucho que esos ricachones lo juren en la televisión. Tampoco te lo puedes comer, ni te va a salvar de estirar la pata cuando te llegue la hora; es pura avaricia. Esos multimillonarios son en verdad unos enfermos que padecen el Síndrome de Diógenes pero a lo bestia.
Da igual que acumulen chatarra en el pasillo que millones en una cuenta corriente, el problema mental es el mismo. Viven muertos de miedo por perder un duro, no tienen ni pizca de autocrítica sobre su enfermedad y se aíslan del resto de mortales. O te crees que Elon Musk va a ir a la tienda de la esquina a por una barrica de pan sin llevar detrás a un pelotón de tíos armaos? Ese no ha visto un supermercado normal en su vida; para él, un supermercado es solo una base de consumidores donde colocar sus coches de último diseño.
Y lo más ridículo es que el personal se queda «embobao» mirando a estos tíos y aspira a ser igual de avariciosos. Nos volvemos locos por comprar los símbolos de estatus que nos meten por los ojos. Así entramos en una rueda de consumo salvaje donde ellos se hacen de oro y las familias tienen cada vez menos poder adquisitivo. Para romper ese círculo vicioso, en su día se inventó la democracia participativa: unir a la gente común para elegir representantes que pusieran límites a los abusos corporativos de cuatro listos.
Aunque ya se sabía qué iba a pasar: los políticos también se corrompen con el vil metal y la codicia. Por eso el plan de renovar los cargos mediante el sufragio universal cada pocos años era bueno, pero las redes de clientelismo dinamitaron el invento.

La huella de carbono, la crisis de biodiversidad y el colapso del sistema
Es una ecuación perfecta: tenemos a los investigadores advirtiendo del peligro, a los técnicos intentando mitigar los daños y deberíamos tener leyes de protección ambiental severas que frenaran la huella ecológica de estos desalmados.
Pero seguro que ya está saltando el típico enterado diciendo que esto son discursos anticapitalistas. Y claro, lo dice porque su sustento depende de un cacique que lo explota catorce horas diarias en una nave industrial asquerosa, cobrando una miseria por apretar tornillos en aparatos desechables que van a acabar en un vertedero a los dos meses. ¡Venga ya nene, tira a seguir mirando el muro de Facebook y no molestes!
La comunidad científica avisó hace décadas: alimentar el productivismo sin control destruye los ecosistemas y acelera la crisis climática. Al quemar combustibles fósiles a mansalva, llenamos la atmósfera de gases de efecto invernadero que retienen el calor solar como si el planeta fuera un invernadero de Águilas. La temperatura global sube a pijo sacao y no hay quien lo frene.
Nuestro Paco dice que eso son milongas. Así que el otro día le dije: «Venga, Paco, pon el hocico pegado al tubo de escape de mi furgoneta un minuto mientras arranco, a ver si lo que sale de ahí huele a gloria bendita«. Cinco horas después, en urgencias y enganchado al oxígeno, el tío reconocía que muy sano no parecía el humo, pero que como seguía vivo, tampoco sería para tanto. En fin, para el nivel que gasta el chaval, ya era un avance importante.

A las élites financieras esto de la justicia social y las regulaciones ambientales les parece un dolor de muelas. No lo quieren ni en pintura. Había que tumbar este sistema normativo como fuera, pero sin gastar demasiado, que la avaricia va de la mano de la tacañería. Lo primero que hicieron fue desprestigiar a los movimientos ecologistas y etiquetarlos de extremistas.
Ellos se autoproclamaron los defensores del progreso económico y el libre mercado. Como el insulto directo no bastaba, empezaron a comprar voluntades ofreciendo tecnología obsoleta, falsas promesas de empleo y lujos baratos. Y el truco funcionó: un montón de gente se tragó el anzuelo pensando que el dinero caía de los árboles.
La degradación de los recursos naturales y la pérdida de resiliencia del planeta
Los políticos electos fueron una presa facilísima; se creyeron seres superiores por estar en el cargo y se vendieron al lobby empresarial en cuanto les ofrecieron comisiones y puestos en consejos de administración. Pero los científicos seguían dando la tabarra con informes rigurosos sobre la pérdida de biodiversidad y la escasez de agua. ¿La solución de las corporaciones? Financiar pseudociencia.
Empezaron a salir estudios falsificados que decían que la contaminación no era para tanto. Cuando el engaño se destapaba, utilizaban la confusión para lanzar campañas de desinformación y decir que no te puedes fiar de los expertos. Así crearon una desconfianza generalizada en el método científico. Incluso crearon institutos privados de investigación para justificar el consumismo desenfrenado. Cuantas más cosas compremos, mejor irá todo, ¿no? Qué peazo de falacia.
Como los medios de comunicación públicos aún mantenían cierto rigor, las corporaciones compraron cabeceras y fundaron cadenas de televisión privadas para inundarlo todo de publicidad alienante y entretenimiento basura. Aprovecharon que el diseño de las plataformas digitales causa adicción para meter su propaganda directa al cerebro de la población. Y así nació el negocio de las redes de manipulación de masas. Cuando los ciudadanos organizados ganaban juicios climáticos, los lobbies presionaban para cambiar las leyes a su antojo o influían en el poder judicial, porque entre los jueces también hay gente que se vende por estatus. Al final, han vuelto a imponer su ley del más fuerte.

Nos engañan de forma sistemática con noticias falsas y algoritmos adictivos, mientras la clase política mira para otro lado. Y ahora hemos cruzado el punto de no retorno con esto del calentamiento global. Lo que viene ahora no es una transición suave, va a ser un escenario de supervivencia pura y dura.
Y lo más irónico es que los ricos lo van a tener mucho peor que los que no tienen dónde caerse muertos. El que mucho tiene, mucho teme perder, y la ostentación no te da de comer cuando colapsa la cadena de suministro. La élite nunca entendió la ecología y la interdependencia de los seres vivos; se creen independientes, pero necesitan a la clase trabajadora para mantener sus lujos. Si la base social cae por el desastre ambiental, sus millones virtuales no van a valer ni para encender una lumbre. Los desfavorecidos llevan toda la vida en crisis y saben cómo buscarse las habas; los ricos no duran dos días sin servicio doméstico.
Al final se demuestra que el egoísmo corporativo es de una ignorancia supina. Si hubieran ido a una escuela pública digna habrían aprendido que en los ecosistemas las comunidades colaboran para garantizar la continuidad de la especie. Habrían aprendido que al aumentar la temperatura disminuye el oxígeno disponible, destruyendo los sumideros de carbono y la producción de oxígeno del planeta. Pero claro, la codicia les tapaba los ojos.
No gastes saliva en la próxima comida familiar
Si estabas leyendo esto para intentar convencer a tu cuñado el tonto o al primo negacionista en la próxima comida familiar, te digo ya que no gastes saliva. Si con la que está cayendo en el campo y las olas de calor que sufrimos siguen cerrados en banda, pasa de ellos olímpicamente. Que sigan perdiendo el tiempo con sus teléfonos móviles mirando memes absurdos y dándole a «me gusta» a perfiles creados por ordenadores. Lo que la naturaleza no da, no lo va a arreglar una discusión.

¿Eso significa que nos tenemos que quedar de brazos cruzados?
¡Ni hablar! Se pueden hacer mogollón de cosas para ir mejorando. Hay que volver a tejer redes vecinales, organizar asambleas ciudadanas en el centro cultural o en la biblioteca de la pedanía, mirándose a los ojos y dejándose de pantallas digitales. Hay que exigir responsabilidades, votar a formaciones que apuesten por la mitigación de la crisis climática en serio y salir a la calle a protestar contra las empresas que contaminan nuestros acuíferos sin pudor y también puedes compartir este articulillo para ir creando conciencia medioambiental.
A ver, zagales, que no cuesta tanto. Hay que reciclar los materiales y dejarse de comprar tanta tontá de usar y tirar, que parecemos tontos. Consume menos, pijo, y come más sano y menos productos que dañan al medio ambiente. Pero, sobre todo, compra cosas de aquí, de la Región, que para algo tenemos los mejores productos. Eso no es disfrutar menos, al revés, es disfrutar más. Si es que, si todos los días comes como si fuera Navidad, luego llegan las fiestas bonicas de final de año y ya ni te hace ilusión ni ná.
Lo que se desbarate y tenga arreglo, pues lo arreglas. Que eso le viene de categoría al medio ambiente y al empleo de los comercios del barrio. En vez de estar todo el día empanao mirando tonterías en el móvil, échate un rato y lee libros, que eso te espabila el cerebro y te da salud. Y ya que te pones, infórmate de cómo funciona un ecosistema. Compra cosas de calidad en las tiendas de toda la vida; que eso le viene fetén al empleo local, es mejor para la naturaleza y, a la larga, tu bolsillo te lo va a agradecer una barbaridad. Invierte en placas solares y en un coche eléctrico si puedes. Hay mogollón de cosas que cada uno de nosotros podemos hacer para arrimar el hombro.
Queda un montón de trabajo por delante. Y si no por salvar el mundo, al menos por mantener el orgullo y decidir cómo afrontamos el final del trayecto de la humanidad de una forma digna y solidaria.
Vaya, ya viene el pesao de Paco otra vez a preguntarme si es buena idea pasarle los datos de la cartilla del banco a una cuenta de Instagram con la foto de una modelo artificial muy sexi. Claro que sí, Paco, dale los números de la tarjeta y el pin también. Sigue confiando en que los milagros existen, ¡Anda que sí, y vete a freír espárragos!
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Imágenes
Angelita Iniesta








