La casa de las luces apagadas
Santo Ángel, octubre 2026 | Ángel Matas Zapata.
Cada año, cuando se acerca el día de Halloween, me gusta compartir con los amigos de la Asociación de Vecinos de Santo Ángel, una historia acorde con estas fechas, continuando así una costumbre que comenzó hace ya algunos años con la publicación de algunos relatos relacionados con los misterios, leyendas y sucesos extraños de nuestro pueblo.
Secretos en la penumbra del pueblo
Después de haber escrito en anteriores ocasiones sobre los difuntos de Santo Ángel, la misteriosa Rambla del Sordo y la a inquietante historia ocurrida en el antiguo Orfanato del Valle,
este año quiero llevaros hasta un lugar mucho más cercano, aunque posiblemente muchos de vosotros hayáis pasado junto a él sin imaginar lo que, según cuentan, ocurrió entre sus paredes.
Se trata de una vieja casa que durante muchos años permaneció cerrada y que los vecinos conocían simplemente como la casa de las luces apagadas. Y digo “conocían” porque, aunque
aparentemente nadie sabía muy bien quién había vivido allí, todos coincidían en una cosa: En aquella casa nunca se veía una luz. O casi nunca……

La casa estaba situada en una zona tranquila de Santo Ángel y tenía el aspecto de tantas otras viviendas antiguas de nuestro entorno: paredes envejecidas, persianas deterioradas y un pequeño patio que, con el paso de los años, había quedado prácticamente oculto por la vegetación. Hacía mucho tiempo que nadie vivía allí. Según los vecinos de más edad, la casa había pertenecido a una familia formada por un matrimonio y su única hija, una muchacha llamada Isabel. No era una familia especialmente conocida, aunque quienes los recordaban hablaban de ellos como personas muy reservadas.
El padre trabajaba fuera del pueblo y regresaba normalmente al anochecer. La madre apenas salía de casa y la hija, según decían, era una muchacha tranquila que acostumbraba a sentarse junto
a una de las ventanas del piso superior para leer.
La noche en que la mesa quedó puesta
Todo parecía normal hasta que, una noche de finales de octubre, ocurrió algo que nadie supo explicar. Era el año 1968. Aquella noche varios vecinos escucharon un fuerte golpe procedente de la casa. Después, un grito. Y posteriormente, silencio.
Al día siguiente, nadie salió de la vivienda. Tampoco al siguiente. Un vecino decidió acercarse y llamó varias veces a la puerta, pero no obtuvo respuesta. Finalmente, alguien avisó a las autoridades. Cuando entraron en la casa encontraron algo extraño. Las pertenencias de la familia seguían allí. La mesa estaba preparada. Había tres platos. Tres vasos. Incluso una cazuela permanecía sobre el fuego apagado. Pero no había nadie. Ni el padre. Ni la madre. Ni Isabel.

Nunca se supo qué había ocurrido con ellos. Se habló de una marcha repentina, de problemas familiares e incluso de que habían abandonado el pueblo por alguna circunstancia que nunca llegaron a explicar. Pero había un detalle que siempre llamó la atención. En el dormitorio de Isabel encontraron un calendario. Estaba abierto por el día 31 de octubre.!!! Sobre aquella fecha, alguien había escrito una única palabra:
“Volverá”.
El resplandor de las doce menos cinco
La casa permaneció cerrada desde entonces. Pasaron los años. Los niños crecieron, las calles cambiaron y muchas de aquellas viejas historias fueron desapareciendo de la memoria de los vecinos, hasta que, muchos años después, comenzó a ocurrir algo extraño. Algunos vecinos aseguraban haber visto una luz en una de las ventanas del piso superior. No era una luz fuerte. Era una pequeña luz amarillenta, semejante a la de una lámpara antigua.
Lo extraño era que aquello sucedía siempre durante la noche del 31 de octubre. Y siempre a la misma hora. Las doce menos cinco. La primera vez que alguien lo comentó, nadie le dio demasiada importancia. La segunda vez, tampoco. Pero cuando varios vecinos aseguraron haber visto exactamente lo mismo, comenzaron las conversaciones.

¿Quién encendía aquella luz?
La casa seguía cerrada. No tenía electricidad desde hacía décadas. Y nadie tenía las llaves. La historia habría quedado simplemente como una de tantas leyendas del pueblo si un joven llamado Javier no hubiera decidido comprobarlo por sí mismo. Javier conocía perfectamente la historia y se reía de quienes aseguraban haber visto la luz.
Era frecuente verlo tomando unas cervezas en el Bar El Jardín, en la Plaza del Charco, en compañía de un animado grupo de amigos. En esta ocasión les comentaba con gran ansiedad lo de las luces de la casa misteriosa. —Seguro que alguien entra allí —decía—. No hay fantasmas. Solo hay gente que sabe esconderse para gastar una broma en el día de Halloween.
El reto de Javier y la voz en la penumbra
Así que decidió pasar la noche del 31 de octubre vigilando la casa. Poco antes de las doce se colocó frente a ella. Hacía frío y un poco de viento. Durante varios minutos no ocurrió absolutamente nada. Hasta que el reloj de su teléfono marcó las 23:55. Entonces la ventana del piso superior se iluminó. Javier reconoció inmediatamente aquella luz. Era exactamente como la habían descrito: una pequeña lámpara amarillenta que iluminaba débilmente la habitación.
Pero había algo más. Una silueta. Alguien estaba de pie detrás de la ventana. Javier pensó que se trataba de una persona. Levantó el teléfono y comenzó a grabar. La figura permaneció completamente inmóvil.
Javier se acercó unos metros a la casa. Entonces la luz se apagó. La ventana quedó completamente a oscuras. Pero la silueta continuaba allí. Javier sintió entonces algo que hasta ese momento no había sentido: miedo. Retrocedió lentamente. Y fue entonces cuando escuchó una voz. Una voz muy baja. Procedía del interior de la casa.
—Papá…
Javier salió corriendo.
La caja de fotografías
Al día siguiente volvió acompañado de dos amigos. Entraron en la vivienda. La puerta no estaba cerrada con llave. En el piso superior encontraron la habitación de Isabel. Todo estaba cubierto de polvo excepto una pequeña zona situada junto a la ventana. Allí había una silla y sobre la silla encontraron un viejo vestido. Como si alguien acabara de quitárselo.

Javier encontró también algo más. Debajo de la cama había una caja de madera. Dentro había varias fotografías familiares. En una de ellas aparecían los tres miembros de la familia delante de la casa. El padre, la madre e Isabel. Javier dio la vuelta a la fotografía. En el reverso había una fecha: 31 de octubre de 1968. Y debajo, una frase escrita a mano:
“Esta noche volveremos a estar juntos.”
Pero lo verdaderamente extraño estaba en la propia fotografía. Javier aseguró que, cuando la encontró, había algo que no estaba en las fotografías que posteriormente enseñó a los demás. En la ventana del piso superior aparecía una cuarta figura. Una niña. Una niña que nadie conocía. Y que, según Javier, estaba mirando directamente hacia la cámara.
«¿Por qué tardaste tanto?»
Aquella misma noche decidió volver a la casa. Sus amigos intentaron convencerlo de que no lo hiciera pero Javier estaba obsesionado con descubrir qué había ocurrido con aquella familia. A las once y cincuenta y cinco volvió a situarse frente a la ventana. La luz apareció. Pero esta vez no había una sola figura; había dos. Una mujer y una niña. Javier se acercó hasta la puerta, la abrió y subió lentamente las escaleras. Al llegar al piso superior escuchó algo. Una especie de murmullo. Después, una voz infantil. —Ya estamos todos.
Javier se quedó paralizado. La luz de la habitación se apagó. Y desde aquel momento nadie volvió a verlo. Su teléfono apareció al día siguiente frente a la puerta de la casa. La última grabación que había realizado seguía guardada. En ella apenas se veía la oscuridad de la habitación. Pero se escuchaba claramente una voz. La voz de una niña. —¿Por qué tardaste tanto, Javier?

Las cuatro sombras tras el cristal
La casa volvió a permanecer cerrada. Y durante muchos años nadie se atrevió a acercarse a ella. Hasta que, recientemente, alguien descubrió algo que quizá permita entender aquella extraña historia. En un viejo archivo apareció un documento relacionado con la desaparición de aquella familia. Según el informe, aquella noche del 31 de octubre de 1968, el padre, la madre y su hija nunca llegaron a salir de la casa. Pero tampoco fueron encontrados dentro. Simplemente desaparecieron. No había señales de violencia. No había puertas forzadas. No había huellas. Nada.
Solo faltaba una cosa: la lámpara de la habitación de Isabel. La misma lámpara que, según los vecinos, vuelve a encenderse cada noche de Halloween. Tal vez todo esto sea solamente una leyenda.
Tal vez la historia de aquella familia se haya ido deformando con el paso de los años y seguramente exista una explicación para todo.
Pero hay vecinos que aseguran que, cuando llega la noche del 31 de octubre y el pueblo queda en silencio, todavía puede verse una pequeña luz amarilla en aquella ventana. Y dicen que si uno permanece allí hasta las doce menos cinco…..puede llegar a distinguir tres sombras detrás del cristal. Una mujer, una niña y un hombre.

Aunque hay quienes aseguran haber visto una cuarta sombra. La de un joven que permanece apartado de los demás, mirando hacia la calle. Esperando.
Quizá porque todavía está esperando que alguien entre en la casa. Quizá porque todavía está esperando poder salir. O quizá porque, como decía aquella antigua inscripción…todos tienen que volver.
Os deseo de corazón un feliz Halloween.
Y, si esta noche escucháis unos pasos detrás de vosotros cuando regreséis a casa, no os giréis demasiado deprisa. Nunca se sabe quién puede estar caminando a vuestro lado.!!!
Edición de fotos e imágenes: Fotomatiz
Este relato es una obra de ficción ambientada en Santo Ángel. Los personajes y los sucesos narrados son imaginarios. Cualquier parecido con personas o acontecimientos reales es pura coincidencia. Quisiera agradecer a Jerome y a Eva por su colaboración.








