Esperanza en tiempos de incertidumbre
Santo Ángel, septiembre 2026 | El Espabilao
En un mundo que parece volverse más duro a cada minuto, donde los discursos nos enfrentan y nos dividen a la primera de cambio, y donde el cambio climático nos empuja de cabeza hacia la mayor crisis de nuestra historia, resulta fácil dejarse llevar por el desaliento. La crispación crece y el ruido cotidiano apaga lo que de verdad importa. Sin embargo, en medio de semejante marejada, brilla siempre una hebra de esperanza invencible.
Ese destello nace de una verdad sencilla pero rotunda: pertenecemos a esta tierra y estamos ligados a ella hasta la médula. Por mucho que algunos intenten negar lo evidente, los seres humanos no somos espectadores privilegiados ni dueños del cortijo, sino una pieza más del engranaje natural. Los poderosos de este planeta, llevados por una codicia sin freno, pretenden dominar a las masas y exprimir hasta la última gota de recursos para su propio beneficio. Pero quien no escucha el latido del suelo que pisa, termina cavando su propia tumba. Ningún cerebro por muy influyente que se crea tiene el poder de doblegar las leyes físicas que rigen la vida. La naturaleza no rinde cuentas ante nadie y es ella la que marca las reglas del juego.

La carretera de la calle del Pino con El Oroval a la izquierda y La Esparraguera a la derecha
La arrogancia humana y el mito de escapar a Marte
Quien no respeta la tierra se convierte en la primera víctima de su propia ingenuidad. Es una soberbia descomunal pensar que estamos por encima del orden natural o que podemos reescribir la biología a nuestro antojo. No existe civilización alguna en la tierra, por muy avanzada que sea su tecnología, capaz de subsistir al margen de la naturaleza. Nosotros la necesitamos imperiosamente para respirar y comer, pero ella pasa perfectamente de nosotros. Reconocer esa dependencia no es una derrota, sino el único camino sensato para encauzar el futuro.
De ahí que resulte disparatado escuchar a ciertos magnates prometer que en cuatro días estaremos viviendo en Marte como si tal cosa. Nos ha llevado más de doscientos millones de años de evolución, desde que éramos unos insignificantes mamíferos, adaptarnos a las condiciones de la Tierra. Pensar que podemos mudarnos de planeta en una década es ignorar por completo nuestra propia biología.
Basta mirar lo que nos ocurre bastante más cerca: en la Estación Espacial Internacional, que gira a tan solo cuatrocientos kilómetros de nuestras cabezas, un año de estancia deja a los astronautas destrozados. Aunque la altísima velocidad simula una falta de gravedad, en esa órbita la atracción terrestre sigue siendo del noventa por ciento. Aun así, el cuerpo humano se desmorona en la ingravidez aparente. Los músculos se atrofian a toda prisa y la masa ósea se evapora por la osteoporosis.

La aparición de Oroval durante el verano
La falta de gravedad
Al no haber fuerza que tire de los fluidos hacia las piernas, la sangre y los líquidos se agolpan en el tronco y la cabeza. Esto genera el famoso rostro hinchado, una presión craneal peligrosa y problemas serios de visión porque la tensión aplasta la parte posterior del ojo y la retina. La columna vertebral se estira al no sentir compresión, ganando hasta ocho centímetros de estatura a costa de dolores de espalda insoportables y un riesgo enorme de hernia al regresar. Por si fuera poco, el corazón se vuelve vago al no tener que bombear con fuerza, lo que provoca mareos y desmayos en cuanto vuelven a pisar el suelo, mientras que el oído interno pierde el norte y deja al astronauta incapaz de mantenerse en pie o girar la cabeza sin tambalearse.
Además, allí arriba la radiación cósmica atraviesa los cuerpos sin el escudo protector denso de la atmósfera, multiplicando el riesgo de padecer cáncer y debilitando las defensas. Y eso que el campo magnético terrestre se extiende hasta los seiscientos mil kilómetros y la gravedad condiciona el espacio hasta el millón y medio de kilómetros. Salir de este refugio, que se llama tierra, es una sentencia violenta para un organismo esculpido durante eones para vivir aquí. La ilusión de la colonización espacial relámpago no es más que un cuento de calleja propagado por multimillonarios desconectados de la realidad.

Desde la distancia, la Withania frutescens parece seco y sin vida
Lecciones de resiliencia en el monte de Santo Ángel
Como irnos a las estrellas no es una opción real, nos toca apearnos del burro y cuidar lo que tenemos bajo los pies. Si ignoramos la salud de nuestros ecosistemas, la humanidad está abocada al fracaso. En lugar de vivir de espaldas al entorno, deberíamos prestar atención a la lección de coraje que nos da el monte murciano todos los días.
Aquí en Santo Ángel, a las faldas de la Cordillera Sur y a un paso del parque natural El Valle, venimos de pasar un verano abrasador con un solano implacable y semanas enteras rozando o superando los cuarenta grados. Miras la sierra y parece que la crisis climática lo ha dejado todo seco, achicharrado y muerto. Pero, la apariencia engaña. Si te adentras en el monte y miras de cerca entre las ramas marrones y crujientes, descubres pequeños brotes verdes abriéndose paso con una fuerza asombrosa. Y eso sin que haya caído una sola gota de lluvia ni haya refrescado apenas durante el día.

La Withania frutescens vuelve a crecer después del verano, en septiembre
Esta aparente magia responde a una sabiduría biológica impresionante. Las plantas de nuestro monte no esperan a que llueva para espabilar; se guían por el fotoperíodo, la duración del día. Al llegar septiembre, las horas de luz disminuyen y el reloj interno de los matorrales autóctonos detecta que lo peor del estío ha quedado atrás. Aunque el termómetro apriete a mediodía, las noches se van alargando y refrescan lo justo para reducir el estrés hídrico. Durante las horas de oscuridad, las plantas abren sus poros sin perder toda el agua, recuperan el aliento y movilizan la energía acumulada en sus raíces profundas para echar tallos nuevos. Saben que la oteada de otoño terminará llegando y se preparan de antemano.

Asparagus albus en flor
La flora protegida de Monteliso
El paraje de Monteliso es un escaparate perfecto de esta resistencia vegetal. Entre sus rocas crecen especies singulares adaptadas como nadie a la escasez de agua. Una de las más valiosas es el Oroval (Withania frutescens), un arbusto vigoroso que puede rozar los tres metros de altura. A diferencia de otros matorrales de hoja dura y pinchuda, el Oroval luce hojas anchas y tiernas que resultan muy apetecibles para el ganado y los herbívoros del monte. Por su rareza y su vulnerabilidad en los ambientes semiáridos, esta especie quedó protegida legalmente en la Región de Murcia mediante la normativa autonómica de flora de 1989. Mientras gran parte del monte descansa, el Oroval despierta para florecer entre el invierno y la primavera.

Tras la floración las flores polinizadas se transforman en estas pequeñas bayas esféricas
A su lado destaca la esparraguera blanca (Asparagus albus), un matorral perenne inconfundible por sus tallos leñosos de un tono blanco plateado. Esa blancura radiante no es mero adorno; actúa como un espejo natural que refleja el castigo del sol mediterráneo para no abrasarse. En pleno otoño, la esparraguera se cubre de diminutas flores blancas que desprenden un olor dulce y penetrante antes de convertirse en bayas oscuras. Para encajar el impacto de las olas de calor, la planta recurre a la dormancia estival, dejando caer parte de sus hojas para ahorrar hasta la última gota de humedad. Gracias a una cepa subterránea carnosa y llena de reservas, la esparraguera blanca es capaz de brotar de nuevo incluso tras la sequía más feroz o después del paso de un incendio.

Conforme maduran, van cambiando de color hasta volverse de un tono negro o violáceo muy oscuro
Un mensaje claro para volver a conectar
Lo que nos enseñan el Oroval y la esparraguera blanca en Monteliso es que la naturaleza posee las herramientas para salir adelante, pero nosotros dependemos de ella al cien por ciento. Si seguimos maltratando nuestro entorno, en cuestión de pocas décadas la vida en este rincón del Mediterráneo y en todo el planeta se volverá un calvario insoportable.

Asparagus albus en abril, cuando se están preparando para el verano
Darle la vuelta a la tortilla requiere una transformación profunda en nuestras costumbres. Levantar muros o mirar para otro lado ante los problemas globales no resuelve nada, solo agrava la brecha. Somos seres comunitarios y nos necesitamos los unos a los otros para arrimar el hombro. Toca aprender de la sobriedad de las plantas y moderar el ritmo: no cambiar de móvil si todavía funciona, reciclar la ropa que aún sirve, reparar lo que se rompe, apostar por lo de segunda mano y saborear los frutos que da la tierra en cada época del año sin exigir productos traídos en avión desde la otra punta del globo.
Hay margen de maniobra y está en nuestras manos actuar. Escuchando las lecciones del monte, reduciendo nuestro impacto y trabajando codo con codo en nuestros barrios y pueblos, tenemos todo lo necesario para garantizar un futuro habitable. Si la naturaleza es capaz de brotar en mitad del secano, nosotros también podemos cambiar el rumbo.

Withania frutescens en noviembre
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